12 de julio de 2009

Mágico


Y que no conozca Marruecos...

5 de julio de 2009

Reflexiones de un viaje en tren

De camino a la playa de Cádiz –no sólo de trabajo vive el hombre- extraje el Babelia de las tripas del periódico (que aparté para leerlo después, mecido por el viento y la arena) y me encontré el artículo de Muñoz Molina de cada sábado. Unas veces lo busco con la leve ansiedad del lector entregado a un autor, para leerlo antes que el resto del suplemento; otras veces dejo que las páginas lo arrastren hasta mí, como sucedió ayer.
El artículo se titula Libertad de la novela, lo que me hizo dar un pequeño respingo que provocó que mis rodillas chocasen con la bandeja sobre la que apoyaba el suplemento. Qué mejor, pensé, que un artículo de Muñoz Molina con la palabra “novela” en el título ahora que estoy encerrado en la cueva con la mía (el viaje de ida y vuelta de ayer fue un leve respiro). El artículo comienza haciendo referencia a los maestros (los suyos), como debe de ser. Después explica lo poco partidaria que es Anne Michaels, una escritora canadiense, de dar demasiada información sobre su propia vida, para que eso no interfiera en los lectores a la hora de meterse en sus libros. Dice Muñoz Molina:
La libertad de la novela es también nuestra potestad de entrar en ella sin obligaciones (tomen nota, profesores) ni prejuicios y decidir soberanamente si seguiremos leyendo o lo dejaremos al cabo de unas páginas (yo suelo dar un margen de ochenta o cien páginas, depende de la novela), porque en ese reino privado no obedecemos a nadie ni nos dejamos coaccionar (me parece más exacto la palabra “influir”) por la opinión de otros que parezcan saber más, ni siquiera por la presión de lo que parezca gustarle a todo el mundo.
No puedo estar más de acuerdo, pero dejadme que haga un inciso al estilo de Gombrowicz, al hilo del anterior post: todos somos unos ignorantes, porque el que ignora algo es el que no sabe, y no hay nadie que lo sepa todo: todos ignoramos algo. Lo importante, lo deseable, es no ser un necio, y eso, confundir valor y precio, es demasiado habitual, de ahí la genialidad de Ignatius J. Reilly. Deberíamos aceptar que somos unos ineptos en muchas materias de la vida, en la mayoría, o al menos que no somos lo suficientemente aptos como para tener derecho a que nos den una oportunidad o nos paguen por ello. Pero no nos sintamos culpables por ello, no nos preocupemos: ocupémonos, sentémonos a leer, a escuchar, a aprender. Así sabremos algo, y poco a poco la necedad, enemiga de cualquier progreso, irá desapareciendo.
Pero yo quería escribir sobre el artículo de Muñoz Molina, o mejor dicho, sobre las reflexiones que me suscitaron su lectura, porque hay libros, artículos, cartas, que no nos gustan tanto por lo que dicen como por las circunstancias que nos rodeaban en el momento de leerlos, en mi caso una ridícula sensación de frío por el aire acondicionado del tren, situación demasiado habitual para la ridícula contradicción que provoca: pasar frío en el sur, un cuatro de julio. Pero dejemos a un lado la imagen de Tom Cruise en silla de ruedas, con bigote y pelo largo (me ha venido a la cabeza, no sé por qué), y continuemos.
Como decíamos ayer –en realidad unas líneas más arriba- deberíamos aprovechar la libertad que tenemos para leer una novela sin esa serie de prejuicios (léase críticas, reseñas, comentarios, entrevistas, presentaciones o bien interesadas recomendaciones) sin la que parece imposible hoy en día abordar un libro –o una película, o una obra de teatro, por no hablar de algunas series y sus resúmenes de los avances de los resúmenes de los avances. De esta manera, liberados de pensamientos que nada tienen que ver con la ficción y con las sensaciones que pretende despertar el autor, la comunión entre el texto y el lector sería más limpia, y sin duda más provechosa a la hora de profundizar y ampliar ese material esencial del individuo que es el juicio propio, que debería ser nuestro principal fuente, si no la única, a la hora de elegir, entre otras cosas, nuestras lecturas.
Digo esto por los bestsellers. Tengo que reconocer que en esto, como en la música, soy como la policía: llego siempre tarde (o no llego), cuando ya todos han atracado las librerías –y los centro comerciales- en busca de ese tesoro que es “lo que todo el mundo lee”. Para que os hagáis una idea, aún no he leído La sombra del viento, y quiero hacerlo (aunque no encuentro un hueco para meterlo en mi flexible pero planificada lista de lecturas), precisamente para que los prejuicios no me limiten. Y aquí viene lo que me suele molestar, a pesar, como digo, que no soy el mejor defensor posible para los bestsellers, ni es mi propósito: esos prejuicios – negativos en este caso- son provocados por aquellos que se dedican (o eso dicen) a la alta literatura, a escribir libros que sean worstsellers, los peores vendidos, y no a escribir libros que le gusten a mucha gente, algo que, por lo visto, según ellos, no es compatible con esa supuesta calidad que ellos buscan –otra cosa es que lo consigan- en sus eruditos libros. ¿Hay algún escritor, como se ha preguntado hoy en El público lee Ildefonso Falcones (tampoco he leído La Catedral del mar), a quien escucho mientras paso a ordenador estas notas que escribí ayer a las cuatro de la madrugada, hay algún escritor, digo, que cuando publica un libro no pretenda vender el mayor número posible de ejemplares? El problema no es ese, aspirar a gustar a mucha gente, sino la parte de nosotros –de nuestra alma- que estemos dispuestos a vender en ese empeño. En definitiva: que el bestseller sea una consecuencia de la decisión de publicar, del oficio que hemos escogido -escribir y publicar y vender lo que escribimos- y no un punto de partida prefabricado. Y que los bestsellers nos dejen ver el bosque de libros que deberíamos también leer (actualmente no nos dejan, lo abarcan todo, al menos todo lo mayoritario, lo que llega a más gente).
Yo pienso que una cualidad –buscar la calidad- no excluye a la otra –tener muchos lectores-, o al menos esa es la dirección hacia donde deberíamos dirigir nuestra mirilla escritores, periodistas, críticos, editores y lectores: tirar todos juntos de la cuerda para que se tense del lado de la calidad, hasta que esos defensores de las letras puras consideren que los del otro lado de la cuerda, el resto del mundo, los que nos rebajamos a leer todo lo que cae en nuestras manos –casi siempre por mero vicio, y porque de todo se aprende, y no como consecuencia de un análisis razonado de lo que vamos a leer- estamos legitimados como lectores, tanto como ellos, y tenemos el mismo derecho a elegir y a equivocarnos. Y no pasa nada, porque la gente se equivoca (por eso los lápices tienen goma de borrar). Basta con cerrar el libro y coger el siguiente del montón.
Insisto, no es que quiera yo defender los bestsellers, aunque pudiera parecerlo (tengo varios argumentos en contra, y casi ninguno a favor, quizás porque he leído pocos, no lo sé). Lo que me molesta es el dogmatismo, la etiqueta, la hipocresía disfrazada de intelectualidad para influir hasta casi llegar a coaccionar. Sería bueno que todos colaboráramos en la tarea de potenciar la capacidad crítica e individual de cada cual –que es la esencia de la verdadera libertad y la principal motivación para leer- y no sólo la capacidad para producir y consumir, es decir, para generar beneficios económicos, la mayoría destinados a un bolsillo ajeno al que los generó.

Vocabulario para ciertas discusiones

IGNORANTE. El que no sabe, no tiene noticias de algo.
TONTO. Falto de entendimiento.
INEPTO. No apto.
ESTÚPIDO. Torpe para comprender las cosas.
MENTECATO. Falto de juicio.
NECIO. Ignorante de lo que puede o debe saberse.

Y luego están los listos. Estos son los peores.

15 de junio de 2009

Sobre el arte

Al menos en apariencia, nunca como hoy han convivido con tal promiscuidad los lenguajes, los estilos más dispares, las propuestas más contradictorias y atrevidas. Todo parece estar permitido y, paradójicamente, nada toca el núcleo de la sociedad en la que se crean y digieren dichas obras: el arte resbala sobre la piel de su tiempo sin dejar más que pasajeras huellas en efímeras modas velozmente expulsadas de la circulación por sus nerviosas sucesoras.

Los grupos mediáticos disponen no sólo de las factorías de producción artística, sino también de los santuarios de su canonización: detentan los codigos del gusto.


Ambos fragmentos pertenecen a El novelista perplejo, título de una charla que Rafael Chirbes dio en Lyon hace años y que sirve también como título para el volumen que Anagrama editó en 2002, y en el que se incluyen otras cinco charlas pronunciadas por el escritor valenciano y unos cuantos escritos sobre diversos autores. Uno de esos libros que nos mejoran como animales pensantes, y que nos abre caminos para aprehender y comprender lo que el arte, y en especial la narrativa, nos ofrece.

8 de junio de 2009

La insoportable levedad de ser un escritor desconocido (y sus consecuencias)

Está muy bien eso de la literatura, pero con los 450 euros que gané con mi primera novela no se vive. Lo dice Carlos Herrero, un escritor madrileño de 34 años con dos libros publicados en la editorial Barataria: Prosperidad, su primera novela, y Cuentos Rotos, que ha presentado recientemente en la Feria de Libro de Madrid. A la anterior frase, añade en la entrevista que le han hecho en El País: Creo que voy a dejar de escribir. ¿Un Bartleby obligado? Esperemos que no, que pueda resistir.

Deseos (casi) veraniegos


No estaría mal ser una de esas dos sombras. O el que hace la foto.

7 de junio de 2009

Apunte televisivo de una tarde de elecciones

El hecho de que él se haya leído mil y un libros más que yo aconseja pensar que soy yo el equivocado y no él. Además, estaba viendo la televisión mientras escribía, como hace Orejudo. Pero creo que Trapiello se ha confundido cuando ha citado en El público lee la siguiente frase: Todas las cartas de amor son ridículas pero más ridículos son los que no escriben cartas de amor. Creo que son dos versos de Pessoa -pertenecientes a dos estrofas distintas de un mismo poema- que el escritor leonés ha unido atribuyendo el resultado a Neruda. Puede que el chileno dijera la frase en alguna ocasión, omitiendo al portugués. Ya se sabe cómo es esto de las citas. Puede que sea un lapsus mental y leonés, algo que a cualquiera le puede pasar, y más con una cámara delante. O puede que cien millones de moscas estén equivocadas, justo ahora que empiezan a dar la tabarra, y yo no sea una mosca más.
No lo sé, sólo es un apunte de espectador colateral, que diría un político para ocultar un fallo frontal.
Nota: Andrés Trapiello estaba presentando Los confines, y tiene buena pinta. Eso sí, vaya por delante, aunque sea al final, que sólo he leído un libro suyo, Los amigos del crimen perfecto. Pepe, un saludo.

Servidumbres

Escribe Javier Marías en su artículo dominical en EPS:

La frase en cuestión es a menudo rematada por otra similar, pero aún más explícita: “Las personas pasan, las instituciones permanecen”, como si estas últimas no fueran, desde la Iglesia hasta el Athletic de Bilbao, obra e invención de las personas, y en realidad no estuvieran al servicio de ellas, sino al revés. Lo cierto es que a lo largo de demasiados siglos se ha logrado hacer creer eso a la gente, que todos estamos al servicio de cualquier intangible y que somos prescindibles en aras de su perpetuidad. No es, así, tan extraño que esas afirmaciones categóricas y vacuas gocen de tan magnífica reputación, ni que quien deja de suscribirlas sea tenido por un apestado. ¿Cómo, que no está usted dispuesto a sacrificarse por la empresa, Fulánez? ¿Un soldado que no se apresta a morir por su país en toda ocasión? ¿Un revolucionario que no delata a sus vecinos? ¿Un fiel que pone reparos a hacerse saltar por los aires si con ello mata a tres infieles? ¿Un creyente que no abraza el martirio antes que abjurar de su fe? ¿Un futbolista que no rechaza una jugosa oferta económica para seguir con el club que lo forjó? He ahí ejemplos de un egoísta, un cobarde, un desafecto, un traidor, un apóstata, un pesetero. El que no pone algo por encima de sí mismo, de las personas y de sus afectos sólo se hace acreedor al insulto y al desprecio.

Se refiere a esa frase que consiste en anteponer un ente superior a la expresión “…está por encima”. La Iglesia está por encima de eso, la Patria está por encima de eso, etc. El caso es que, igual que otras veces estoy en desacuerdo con muchas opiniones de Marías, en esta ocasión me parece acertada su reflexión en este párrafo sobre algo que entronca con las palabras que escribió Gombrowicz:

No es una gran cosa tener ideales. Lo que sí es una gran cosa es no incurrir en nombre de unos grandes ideales en unas pequeñas falsedades.

6 de junio de 2009

El principio de un gran comienzo

Relucían como joyas si uno los contemplaba desde lejos, y la verdad es que, en la distancia, llegaron a deslumbrarme. Luego, cuando me acerqué a ellos, descubrí que su brillo era el de los cristales rotos. Supe que me habían atrapado, porque también yo me había empezado a resquebrajar.
En la lucha final, Rafael Chirbes, 1991.

Y continúa así todo el primer capítulo. Desde luego, con un principio así lo mejor es usar sombrero. Ya sabéis, para poder quitárselo.


Diálogo


- Cuando yo tuve por fin un orgasmo, mi médico me dijo que no era el adecuado.
- ¿Tuviste uno no adecuado? Yo nunca he tenido uno así. El peor que tuve fue uno que me costó dinero.

Manhattan, Woody Allen, 1979.

3 de junio de 2009

Carta al hijo

Me muero.
Gracias a ti, hijo, voy a morirme en mi casa, tumbado en esta cama con la que he compartido la soledad nocturna del viudo insomne que he sido durante los últimos años. Y gracias a ti, hijo, voy a poder tomar mi última copa de vino antes de marcharme, a pesar de tu madre y del doctor Salcedo.
Estas son las dos únicas cosas que puedo agradecerte antes de morir.
Aquí tumbado, a un paso de la muerte –es curioso, pero no tengo miedo- puedo contarte la verdad, y nada más que la verdad, como le gusta decir a tu hermana.
Y la verdad es que eres adoptado. No, es broma. Pero daría las pocas horas que me quedan de vida por haber visto tu cara cuando lo has leído. La verdad, y ahora no es broma, es que siempre fingí que te quería. Pero ya me he cansado de actuar, Javier, ya no lo necesito. No te quiero, nunca te quise. Hice todo lo que pude para que no nacieras, pero lo que me parecía más sencillo resultó ser lo más complicado: no pude convencer a tu abuelo: tenía que tener un nieto, y tenía que tenerlo ya.
Una vez que irrumpiste en mi vida y en la de tu madre, no tuve más remedio que aceptar tu presencia. Al principio fue fácil, ella se ocupaba de ti. Pero pasaron los años, y los pelos que a mi me encanecían empezaron a crecerte a ti, pero bien negros, primero sombreándote el labio superior y luego otorgando dureza al contorno de tu cara.
Cada día te enfrentabas a mis normas de una manera más sutil y elegante. Pero resulta que si hay alguien sutil y elegante en este mundo, Javier, ese es tu padre.
Todo lo que has conseguido, TODO, ha sido gracias a mí. He sido tu autor, un titiritero que te manejaba en la sombra, y tú sólo eres un personaje que me obligaron a escribir.
¿Recuerdas cuánto te sorprendió que te aceptaran en la Universidad con la nota que tenías? ¿Recuerdas el favor que te hizo un profesor para que aprobaras aquel examen que te permitió pasarte un año entero becado en tu querido Londres? ¿Recuerdas cuando te contrataron en el banco a pesar de que no respondías en absoluto al perfil que buscaban? ¿Recuerdas cuando no te despidieron a pesar de haber perdido aquel recibo? ¿Recuerdas cuando Alicia y la niña te perdonaron y regresaron a casa al día siguiente de haberse marchado a un hotel porque te habían pillado –las dos- con una veinteañera en la cocina? ¿Recuerdas la noche en que, oh casualidad, te encontraste con aquel billete premiado en tu maletín?
En la vida, Javier, no todo es como parece. A menudo nada lo es, y ni siquiera tú estás a salvo de las apariencias. Tú menos que nadie.
Siempre has pensado que eres mejor que yo. Por eso has peleado para que no me dejaran morir en el hospital, por eso has escondido una botella de vino y una copa en el doble fondo del armario, para poder decirle a todo el mundo después que eres el mejor, mucho mejor que tu propio padre. Pero lo único que has sido es una marioneta nacida a destiempo en la familia equivocada.
Por ello alzo mi copa, hijo, por última vez. Brindo contigo, por ti, y porque tu hija no te haga tan desgraciado como tú me hiciste a mí. ¡Salud!
Sevilla, 2009.